Tras aquel viaje larguísimo por fin llegamos a la costa. Nuestro coche ya descansaba como un caballo fatigado en el aparcamiento y tú propusiste que nos diéramos el primer baño. De ese momento lo que más recuerdo son tus tobillos caminando por la arena unos metros por delante de mí. Dios, sólo te faltaban las alas. Eras un ángel. Siempre me preguntaba qué habrías visto en mí, por qué tanta suerte de encontrarte. Vivimos tres semanas increíbles en aquel pueblo con sus pescadores y sus casas blancas. Qué mágica esa sensación de estar con alguien, pasando horas en silencio, sabiendo que todo estaba bien, sin necesidad de hablar. Luego por las noches nos reíamos, bebíamos vino y comíamos los regalos del mar. Fue la última noche tras cenar. Recostada sobre mi pecho dijiste: "¿Sabes por qué te quiero? Porque sé que caminas detrás de mí para mirar mis tobillos y en esos instantes pienso que sólo te faltan las alas".

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